1929-1932: Capítulo 14. Los gobernantes y la guerra, de la Historia de la Revolución Rusa
The History of the Russian Revolution fue escrita en ruso en el destierro de Trotsky en la isla de Prinkipo, mar de Mármara, Turquía. Iniciada por él en 1929 -en noviembre Alexandra Ramm recibió la primera sinopsis- y acabada el 29 de junio de 1932, en que envía a Alexandra Ramm el último Apéndice que cerraba el tercer volumen, aparece The History of the Russian Revolution. vols I-III, traducida por Max Eastman, en Londres 1932-33.
Este capítulo del libro de Lev Trostky "Istoria ruscoi revolutsii", está tomado de la edición en español "Historia de la revolución rusa", publicada por SARPE (Madrid) en 1985, utilizando la traducción de Andrés Nin, Lucía Gonzalez y Luis Pastor. Pags. 223-232.
Editado digitalmente para RED VASCA ROJA por Julagaray. Donostia, Gipuzkoa, Euskal Herria. 22 de julio de 1997.
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¿Qué se proponían hacer con esta guerra y con
este ejército el gobierno provisional y el Comité
ejecutivo?
Ante todo, hay que comprender la política de la burguesía
liberal, ya que era ella la que desempeñaba el papel predominante.
Exteriormente, la política guerra del liberalismo seguía
siendo una política patriótica y agresiva, anexionista,
intransigente. En realidad, era una política llena de contradicciones
y desleal, que no tardó en convertirse en derrotista.
«Si no hubiera habido la revolución, la guerra se
hubiera perdido de todos modos, aun sin la revolución,
y es casi seguro que se hubiese concertado una paz separada»,
escribía más tarde Rodzianko, cuyos juicios no se
distinguían por su originalidad, razón por la cual
expresaban bastante bien la opinión más extendida
entre los elementos liberales conservadores. La sublevación
de los batallones de la Guardia no auguraba a las clases poseedoras
un triunfo exterior, sino una derrota interior. Y los liberales
eran quienes menos ilusiones podían hacerse en este punto,
puesto que habían previsto el peligro y luchaban contra
él como podían. El inesperado optimismo revolucionario
de Miliukov, que declaraba que la revolución no era más
que un paso dado hacia la victoria, era, en realidad, el último
recurso del desesperado. El problema de la guerra y la paz dejaba
de ser, en sus tres cuartas partes, para los liberales, un problema
especial. Presentían que no iba a serles dado explotar
la revolución a favor de la guerra, y por esto les planteaba
de un modo tanto más imperioso otro objetivo: explotar
la guerra contra la revolución.
Ante los caudillos de la burguesía rusa planteábanse
también, evidentemente, en aquellos momentos, las cuestiones
referentes a la situación internacional de Rusia después
de la guerra: las deudas y los nuevos empréstitos, los
mercados de capitales y de productos. Pero no eran estas cuestiones
las que de un modo inmediato informaban su política. Se
trataba, no de obtener las condiciones internacionales más
ventajosas para la Rusia burguesa, sino de sacar a flote el propio
régimen burgués aunque fuera a costa de dejar maltrecha
a Rusia para lo futuro. «Ante todo, repongámonos -decía
esta clase, herida de muerte-; después, ya veremos de poner
las cosas en orden.» Y «reponerse» significaba
liquidar la revolución.
Atizar el hipnotismo de la guerra y el estado de espíritu
chauvinista era lo único que daba a la burguesía
la posibilidad de aliarse políticamente con las masas,
ante todo con el ejército, contra los que pretendían
llevar adelante la revolución. La aspiración consistía
en presentar al pueblo la guerra, herencia del zarismo, con sus
aliados y objetivos zaristas, como una nueva guerra en defensa
de las conquistas y las esperanzas revolucionarias. Caso de conseguirlo
-¿cómo?-, el liberalismo contaba firmemente con poder
volver contra la revolución la opinión pública
patriótica que ayer le sirviera contra la pandilla rasputiniana.
Y si no se podía salvar a la monarquía como suprema
instancia contra el pueblo, urgía doblemente aferrase a
los aliados: durante la guerra, la Entente representaba, desde
luego, una instancia de apelación incomparablemente más
poderosa que hubiera podido ser una monarquía propia.
La continuación de la guerra justificaría la conservación
del aparato militar y burocrático del zarismo, el aplazamiento
de la Asamblea constituyente, la subordinación del interior
revolucionario al frente, o, lo que es lo mismo, a los generales
que formaban un frente único con la burguesía liberal.
Todos los problemas interiores, y muy principalmente el problema
agrario, y toa la legislación social, se aplazaban hasta
la terminación de la guerra, que, a su vez, se aplazaba
hasta la consecución de una victoria en la que los liberales,
por su parte, no creían. Y así, la guerra destinada
a agotar al enemigo se convertía en una guerra destinada
a agotar a la revolución. Es posible que no fuera éste
un plan definido, meditado y deliberado cuidadosamente en las
sesiones oficiales. Pero ¡para qué! Este plan se desprendía
lógicamente de toda la política anterior del liberalismo
y del estado de cosas creado por la revolución.
Obligado a abrazar el camino de la guerra, Miliukov no tenía,
naturalmente, por qué renunciar de antemano a llevar su
parte en el botín. No olvidemos que la esperanza de que
triunfasen los aliados seguía siendo muy grande y había
aumentado extraordinariamente al entrar los Estados Unidos en
la guerra. Es verdad; la Entente era una cosa y Rusia otra. Los
jefes de la burguesía rusa habían aprendido a comprender,
en el transcurso de la guerra, que dada la debilidad económica
y militar de Rusia, el triunfo de los aliados sobre los imperios
centrales tenía que convertirse inevitablemente en su triunfo
sobre Rusia, que, fueren cuales fueren las variantes posibles,
saldría irremediablemente de la guerra quebrantada y debilitada.
Pero los imperialistas liberales habían decidido cerrar
conscientemente los ojos ante esta perspectiva. Cierto es que
tampoco les quedaba ya otro recurso. Guchkov declaraba sin ambages
a sus amigos que sólo un milagro podía salvar a
Rusia, y que la esperanza en este milagro era todo su programa
como ministro de la Guerra. Para su política interior,
Miliukov necesitaba el mito de la victoria. No nos importa saber
hasta qué punto creía él personalmente en
el triunfo; desde luego, afirmaba tenazmente que Constantinopla
sería nuestra. Además, obraba con el cinismo que
le era peculiar. El 20 de marzo, el ministro de Negocios Extranjeros
trató de persuadir a los embajadores aliados de que se
traicionara a Servia, arrancando de este modo la traición
de Bulgaria contra los imperios centrales. El embajador francés
arrugó el ceño. Pero Miliukov insistió en
la «necesidad de renunciar en aquella gestión a las
consideraciones sentimentales» y, al mismo tiempo, al neoesclavismo
que él mismo había predicado desde los tiempos de
la derrota de la primera revolución. Ya Engels escribía
a Bernstein en 1882: «¿A qué se reduce todo el
charlatanismo paneslavista? A la toma de Constantinopla, y nada
más.»
Aquella acusación de germanofilia, más aún
de venalidad a los alemanes, que todavía ayer se esgrimía
contra la camarilla palaciega, esgrimíase ahora contra
la revolución. Conforme pasaban los días, más
audaz, clara e insolentemente resonaba esta nota en los discursos
y artículos del partido kadete. Antes de apoderarse de
las aguas turcas, el liberalismo enturbiaba las fuentes y envenenaba
los pozos de la revolución.
Pero no todos los líderes liberales, ni mucho menos, ni
todos desde luego de un modo inmediato, adoptaron después
de la revolución una actitud de intransigencia ante la
guerra. Muchos de ellos se movían aún dentro de
la atmósfera del estado de espíritu prerrevolucionario,
y enfocaban la perspectiva de una paz separada. Posteriormente,
algunos de los dirigentes kadetes hablaban de esto con completa
franqueza. El mismo Nabokov ha confesado que ya el 7 de marzo
habló de una paz separada con los miembros del gobierno.
Algunos elementos del Centro directivo del partido kadete intentaron
demostrar colectivamente a su jefe la imposibilidad de continuar
la guerra. «Miliukov, con el cálculo frío que
le era habitual, demostró -según cuenta el barón
de Nolde- que no había más remedio que alcanzar
los objetivos de la guerra. El general Alexéiev, que en
aquel período se había acercado a los kadetes, apoyaba
a Miliukov, afirmando que «el ejército puede ser levantado».
Y por lo visto estaba llamado a levantarlo este gran organizador
de todas las calamidades del Cuartel general.
Algunos liberales y demócratas, más cándidos,
no comprendían la orientación de Miliukov y le consideraban
como el hidalgo defensor de la lealtad y la nobleza para con los
aliados, como una especie de Don Quijote de la Entente. ¡Disparatado!
Después de la toma del poder por los bolcheviques, Miliukov
no vaciló ni un instante en dirigirse a Kiev, ocupado entonces
por los alemanes, y proponer sus servicios al gobierno de los
Hohenzollern, que, a decir verdad, no se dio gran prisa en aceptarlos.
El fin inmediato que perseguía Miliukov era precisamente
obtener para luchar contra los bolcheviques aquel mismo «oro
alemán» con cuyo fantasma había intentado antes
mancillar la revolución. A muchos liberales, las apelaciones
de Miliukov a Alemania en 1918 les parecieron tan incomprensibles
como en los primeros meses de 1917 su programa de destrucción
del imperio germano. Aquellas dos conductas no eran más
que el anverso y el reverso de la misma medalla. Al disponerse
a traicionar a los aliados, como antes a Servia, Miliukov no se
traicionaba a sí mismo ni traicionaba a su clase, sino
que practicaba consecuentemente la misma política; si su
facha no era muy decorosa, no se le culpe a él. Al tantear,
todavía bajo el zarismo, el camino de la paz separada,
con el fin de evitar la inminente revolución; al exigir
la guerra hasta el fin para liquidar la revolución de Febrero,
como luego, al buscar la alianza con los Hohenzollern para derribar
la revolución de Octubre, Miliukov permanecía siempre
fiel a los intereses de los poseedores. Y si no pudo hacer nada
en su favor, estrellándose a cada uno de estos intentos
contra una nueva muralla, fue porque sus mandantes no tenían
salvación.
Lo que Miliukov echaba amargamente de menos en los días
que siguieron al alzamiento revolucionario fue una ofensiva enemiga,
un buen garrotazo alemán asestado en la cabeza de la revolución.
Por desgracia suya, los meses de marzo y abril eran poco propicios
en el frente ruso, por las condiciones del clima, para operaciones
de gran envergadura. Y sobre todo, los alemanes, cuya situación
era cada día más grave, habían decidido después
de grandes vacilaciones, entregar la revolución rusa a
su suerte interior. Sólo el general Lisingen desplegó
en Stojod, el 20 y 21 de marzo, una iniciativa personal. El éxito
de su operación asustó al gobierno alemán,
a la par que llenó de júbilo al ruso. Con el mismo
impudor con que en tiempos del zar exageraba el éxito más
insignificante, el Cuartel general hinchaba ahora la derrota de
Stojod, secundado en sus esfuerzos por la prensa liberal. El pánico,
las retiradas y las bajas experimentadas por las tropas rusas
se describen ahora con el mismo deleite con que antes se abultaban
los prisioneros y el botín. La burguesía y los generales
abrazaban a todas luces la senda derrotista. Pero Lisingen fue
contenido por sus superiores, y el frente viose nuevamente atascado
y puesto a la expectativa por el lodo de la primavera.
El plan de apoyarse en la guerra contra la revolución,
sólo podía tener probabilidades de éxito
a condición de que los partidos intermedios, seguidos por
las masas populares, accedieran a tomar sobre sus hombros el papel
de mecanismo de transmisión de la política liberal.
El liberalismo era impotente para asociar la idea e la guerra
a la de la revolución: no hacía todavía veinticuatro
horas, sostenía que la revolución sería funesta
para la guerra. Había que imponer esta misión a
la democracia. Pero ante ésta, naturalmente, no se podía
descubrir el pastel, no se la podía poner al corriente
del plan, sino hacerla morder el anzuelo, explotar sus prejuicios,
la jactancia de sus líderes, que se tenían por grandes
hombres de Estado, su miedo a la anarquía, su respeto supersticioso
por la burguesía.
En los primeros días, los socialistas -nos vemos obligados
a llamar así, en gracia a la brevedad, a los mencheviques
y socialrevolucionarios- no sabían qué hacer con
la guerra. Cheidse suspiraba: «Siempre hemos hablado contra
la guerra; ¿cómo voy ahora yo a predicar su continuación?»
El 20 de marzo, el Comité ejecutivo decidió enviar
un mensaje de salutación a Franz Mehring. Con esta pequeña
demostración, el ala izquierda intentaba tranquilizar un
poco su conciencia socialista, no muy exigente, a la verdad. Con
respecto a la guerra, el Soviet seguía mudo. Los jefes
temían provocar un conflicto con el gobierno provisional
en esta cuestión y ensombrecer la luna de miel del «enlace».
Temían también las discrepancias que entre ellos
pudiesen surgir. Había en su seno defensistas de la patria
y zimmerwaldianos. Pero unos y otros exageraban sus discrepancias.
La intelectualidad revolucionaria había sufrido, durante
la guerra, en su mayoría, un proceso de aguda degeneración
burguesa. El patriotismo, declarado o encubierto, aliaba a los
intelectuales con las clases dirigentes y los divorciaba de las
masas. La bandera de Zimmerwald con que se cubría el ala
izquierda no obligaba a mucho y, al mismo tiempo, permitía
no poner al descubierto la solidaridad patriótica con la
pandilla rasputiniana. Pero ahora, el régimen de los Romanov
había sido derrocado y Rusia veíase convertida en
un país democrático, que, desplegando al viento
su bandera, en la cual brillaban todos los colores de la libertad,
se destacaba sobre el sombrío fondo policíaco de
Europa, oprimida por las cadenas de la dictadura militar. ¿Cómo
no hemos de defender nuestra revolución contra los Hohenzollern?,
exclamaban los nuevos y los viejos patriotas que se hallaban al
frente del Comité ejecutivo. Los zimmerwaldianos del corte
de Sujánov y Stieklov argüían, sin gran convicción,
que la guerra seguía siendo imperialista, puesto que los
liberales declaraban que la revolución había de
garantizar las anexiones que se habían acordado bajo el
zar. «¿Cómo voy a predicar yo la continuación
de la guerra?», se preguntaba, preocupado, Cheidse. Pero,
como los propios zimmerwaldianos habían tomado la iniciativa
de entregar el poder a los liberales, sus objeciones no tenían
ninguna fuerza. Después de algunas semanas de vacilaciones
y resistencias, llévase a la práctica, con ayuda
de Tsereteli, de un modo bastante satisfactorio, la primera parte
el plan de Miliukov, y aquellos malos demócratas que se
titulaban socialistas, se engancharon al carro de la guerra, prestaron
el lomo al látigo de los liberales, e hicieron esfuerzos
indecibles por asegurar el triunfo... de la Entente sobre Rusia,
y el de América sobre Europa.
La principal misión de los conciliadores consistía
en injertar el patriotismo en la energía revolucionaria
de las masas. De una parte, se esforzaban en resucitar la capacidad
combativa del ejército, lo cual era difícil; de
otra, intentaban conseguir del gobierno de la Entente que renunciase
a las depredaciones, lo cual era ridículo. Tanto en un
sentido como en otro, fueron de la ilusión al desencanto
y del error a la humillación. Señalemos los primeros
jalones de este recorrido.
En las horas de su breve grandeza, Rodzianko se apresuró
a publicar u decreto sobre el retorno inmediato de los soldados
a los cuarteles y su respeto a la oficialidad. La agitación
promovida por este decreto en la guarnición obligó
al Soviet a consagrar una de sus primeras sesiones a la cuestión
de la suerte que le estaba reservada al soldado. En la atmósfera
caldeada de aquellas horas, en el caos de una asamblea que tenía
más de mitin que de sesión, bajo el dictado directo
de los soldados, cuya acción no pudieron impedir los jefes
ausentes, surgió el famoso «decreto número
1», único documento digno de la revolución
de Febrero y que era la carta de la libertad otorgada al ejército
revolucionario. Sus artículos audaces, que daban a los
soldados la posibilidad de abrazar de un modo organizado la nueva
senda, ordenaban: la creación de comités directivos
en todos los regimientos; la elección de representantes
de los soldados en Soviet; sumisión a éste y a sus
comités en todas las acciones políticas; conservación
de las armas bajo el control de los comités de compañía
y de batallón y «no entregarlas a los oficiales bajo
ningún concepto»; en el servicio, severa disciplina
militar; fuera de él, plenitud de derechos civiles; abolición
del saludo fuera de servicio; prohibición de tratar groseramente
a los soldados, de tutearlos, etc.
Tales eran los frutos que los soldados de Petrogrado sacaban de
haber tomado parte en la revolución. ¿Y podían
ser otros? Nadie se hubiera atrevido a ofrecer resistencia. Mientras
se preparaba el decreto, los jefes del Soviet estaban absorbidos
por más altas preocupaciones; entablaban negociaciones
con los liberales, lo cual les facilitaba una coartada de que
poder servirse cuando tuvieran necesidad de justificarse ante
la burguesía y el mando.
A la par con el decreto número 1, el Comité ejecutivo,
al darse cuenta de lo que había hecho, mandó a la
imprenta, a modo de contraveneno, un manifiesto dirigido a los
soldados, que, so pretexto de condenar los actos en que los soldados
hacían justicia a los oficiales por propia iniciativa,
exigía la sumisión al viejo mando. Los cajistas
se negaron en redondo a componer el documento. Sus democráticos
autores no cabían en sí de indignación. ¿Adónde
vamos a parar? Sin embargo, sería erróneo suponer
que los cajistas desearan represalias sangrientas contra los oficiales.
Pero parecíales que requerir a los soldados a someterse
disciplinadamente al mando zarista, al día siguiente de
la revolución, equivalía a abrir de par en par las
puertas de la contrarrevolución. Es cierto que aquellos
cajistas se excedieron en sus derechos, pero es que no se sentían
tan sólo cajistas: a su juicio, se trataba de la existencia
misma de la revolución.
En aquellos primeros días, cuando la suerte de los oficiales
que retornaban a los regimientos interesaba extraordinariamente
tanto a los soldados como a los obreros, la organización
socialdemócrata «interdepartamental», que simpatizaba
con los bolcheviques, planteaba la cuestión con audacia
revolucionaria. «Para que no os engañen los aristócratas
y los oficiales -decía el manifiesto lanzado a los soldados
por dicha organización-, elegid vosotros mismos vuestros
comandantes de pelotón, compañía y regimiento.
No aceptéis más que a los oficiales en los que tenéis
confianza». Pero ¿qué ocurrió? Aquella
proclama, que respondía plenamente a la situación,
fue inmediatamente secuestrada por el Comité ejecutivo,
y Cheidse la calificó, en un discurso, de provocadora.
Los demócratas, como vemos, no tenían el menor reparo
en coartar la libertad de prensa cuando se trataba de asestar
agolpes a las fuerzas revolucionarias. Por fortuna, su propia
libertad andaba también bastante maltrecha. Los obreros
y soldados que apoyaban al Comité ejecutivo como su órgano
supremo enmendaban en los casos importantes la política
de los directivos por medio de su intervención directa.
A los pocos días de esto, el Comité ejecutivo intentaba
ya desvirtuar, mediante el «decreto número 2»,
el número 1, circunscribiendo su campo de acción
a la región militar de Petrogrado. Fue inútil. El
decreto número 1 era inderrogable, por la sencilla razón
de que no creaba nada nuevo, sino que se limitaba a consignar
l que era ya realidad visible en el interior del país y
en el frente, y no había, quieras o no, más remedio
que acatar. Cuando tenían enfrente a los soldados hasta
los diputados liberales rehuían hablar del «decreto
número 1». Sin embargo, en los dominios de la gran
política, este decreto audaz se tornó en el argumento
principal de la burguesía contra los soviets. A partir
de este momento, los generales derrotados descubrieron en el «decreto
número 1», el obstáculo principal que les había
impedido vencer a los alemanes. A Alemania se achacaban los verdaderos
orígenes del decreto. Los conciliadores no cesaban de justificarse,
y excitaban los nervios de los soldados, intentado arrebatarles
con la mano derecha lo que les habían dado con la izquierda.
Entre tanto, en el Soviet la mayoría de los diputados ya
no exigían que los jefes y oficiales se nombrasen por elección.
Los demócratas se inquietaron. Falto de mejores argumentos,
Sujánov recurría al arma de la intimidación,
diciendo que la burguesía a quien se había entregado
el poder no accedería a reconocer en la milicia el principio
electivo. Los demócratas se refugiaban a ojos vistas detrás
de Guchkov. Los liberales ocupaban en su juego el mismo lugar
que la monarquía había de ocupar, según ellos,
en el juego del liberalismo. «Cuando abandoné la tribuna
para volverme a mi sitio -cuenta Sujánov- tropecé
con un soldado que me cerraba el paso, y, esgrimiendo el puño
ante mis ojos, gritaba furiosamente y hablaba de los señores
que no habían sido nunca soldados.» Después
de aquel «exceso», nuestro demócrata, perdiendo
definitivamente el equilibrio, corrió en busca de Kerenski,
y gracias a esto «se echó tierra al asunto como se
pudo». Era la único que esta gente sabía hacer.
Durante dos semanas había podido fingir que no se daban
cuenta de la guerra. Pero la ficción no podía durar.
El 14 de marzo, el Comité ejecutivo presentó al
Soviet un proyecto de manifiesto: «A los pueblos de todo
el mundo», redactado por Sujánov. La prensa liberal
se apresuró a calificar el documento, que unía a
los conciliadores de derecha y de izquierda, de «decreto
número 1» de la política exterior. Pero este
juicio era tan falso como el documento sobre el que recaía.
El «decreto número 1» era la respuesta honrada
de la masa a los problemas que planteaba al ejército la
revolución. El manifiesto del 14 de marzo no era más
que una respuesta pérfida de los de arriba a las objeciones
que les habían formulado honradamente los soldados y obreros.
El manifiesto expresaba, naturalmente, el anhelo de una paz democrática
sin anexiones ni indemnizaciones. Pero los imperialistas occidentales
habían aprendido a servirse de esta fraseología
mucho antes que la revolución de Febrero.
En nombre de una paz duradera, honrada, «democrática»,
se disponía Wilson, precisamente por aquellos días,
a lanzarse a la guerra. El honorable míster Asquith hacía
en el parlamento una clasificación científica de
las anexiones, de la cual se deducía de un modo irrefutable
que debían condenarse por inmorales todas aquellas que
se hallaran en contradicción con los intereses de la Gran
Bretaña. Por lo que a la diplomacia francesa se refiere,
toda su aspiración consistía en dar la expresión
liberal más perfecta a su codicia de tendero y usurero.
El documento soviético, al cual no se puede negar una sinceridad
un poco simplista, caía fatalmente en la órbita
de la hipocresía francesa oficial. El manifiesto prometía
«defender enérgicamente nuestra propia libertad»
contra el militarismo extranjero. Precisamente éste era
el tópico de que se venían sirviendo los socialpatriotas
franceses desde el mes de agosto de 1914. «Ha llegado el
momento de que los pueblos tomen en sus manos la resolución
del problema de la guerra y de la paz», proclamaba el manifiesto,
cuyos autores acababan de confiar, en nombre del pueblo ruso,
la resolución de este magno problema a la gran burguesía.
Dirigiéndose a los obreros de Alemania y Austria-Hungría,
el manifiesto decía: «¡No sigáis sirviendo
de instrumento de rapiña y de violencia en manos de los
reyes, los terratenientes y los banqueros!» Estas palabras
encerraban la quintaesencia de la falsedad, pues los jefes del
Soviet no habían ni siquiera pensado en romper la alianza
que los ataba a los reyes de la Gran Bretaña y de Bélgica,
al emperador del Japón, y a los terratenientes y banqueros
de su propio país y de los de la Entente. Al mismo tiempo
que entregaban la dirección de la política exterior
a Miliukov, que pocos días antes se disponía a convertir
la Prusia oriental en una provincia rusa, los jefes del Soviet
invitaban a los obreros alemanes y austrohúngaros a seguir
el ejemplo de la revolución rusa. Aquella teatral abjuración
de la matanza no cambiaba nada; eso, el propio papa lo hacía.
Por medio de frases patéticas contra las sombras de los
banqueros, los terratenientes y los reyes, los conciliadores,
convertían la revolución de Febrero en un instrumento
de los reyes, los terratenientes y los banqueros de carne y hueso.
Ya en el mensaje de salutación al gobierno provisional.
Lloyd George veía en la revolución rusa la prueba
de que «la guerra actual, es substancialmente, la lucha por
el gobierno popular y la libertad». El manifiesto del 14
de marzo s solidarizaba «substancialmente» con Lloyd
George y prestaba una valiosa ayuda a la propaganda militarista
de Norteamérica. El periódico de Miliukov estaba
cargadísimo de razón cuando decía que el
«manifiesto -que comenta con el típico tono pacifista-
desarrolla, en el fondo, la ideología que nos une a todos
nosotros con nuestros aliados». No importa que los liberales
rusos atacasen furiosamente el manifiesto ni que la censura francesa
no lo dejase pasar; ello se debía al miedo a la interpretación
que daban a este documento las masas revolucionarias, crédulas
aún.
Este manifiesto, escrito por un zimmerwaldiano, representaba un
triunfo del ala patriótica. Los soviets locales recogieron
la seña, y la consigna «¡Guerra a la guerra!»
se decretó inadmisible. Hasta en los Urales y en Kostroma,
donde los bolcheviques tenían fuerzas, fue por unanimidad
aprobado el patriótico manifiesto. La cosa no tenía
nada de sorprendente, puesto que ni el Soviet de Petrogrado había
reaccionado contra el documento de los bolcheviques.
Pocas semanas después venció y fue puesta al cobro
una parte de aquella letra de cambio aceptada. El gobierno provisional
emitió un empréstito de guerra bautizado, naturalmente,
de «empréstito de la libertad». Tsereteli esforzábase
en demostrar que, puesto que el gobierno cumplía «en
general» sus compromisos, la democracia tenía el deber
de apoyar el empréstito. En el Comité ejecutivo,
la oposición reunió más de la tercera parte
de los votos. Pero en la reunión plenaria del Soviet (22
de abril), sólo votaron contra el empréstito 112
diputados, siendo el total casi de dos mil. De esto han sacado
algunos la conclusión de que el ejecutivo estaba más
a la izquierda que el Soviet. Pero esto no es cierto. Ocurría,
simplemente, que el Soviet era más honrado que el Comité
ejecutivo. Si la guerra era la defensa de la revolución,
había que dar dinero para aquella, apoyar el empréstito.
El Comité ejecutivo no era más revolucionario, sino
más evasivo. Vivía de equívocos y reservas.
Apoyaba, «en general», al gobierno, criatura suya, y
sólo asumía sobre sí la responsabilidad de
la guerra «en la medida en que...» Estas mezquinas astucias
no llegaban a las masas. Los soldados no podían combatir
«en la medida en que» ni morir simplemente «en
general».
A fin de consolidar el triunfo de la razón de Estado sobre
la arbitrariedad popular, el 1º de abril el gobierno puso
oficialmente a la cabeza de las fuerzas armadas al general Alexéiev,
el mismo que el 5 de marzo se disponía a fusilar las «bandas
de propagandistas». Ya todo estaba en orden. El inspirador
de la política exterior del zar, Miliukov, era ministro
de Estado. El general en jefe de los ejércitos zaristas,
Alexéiev, era generalísimo de la revolución.
La continuidad quedaba perfectamente establecida.
Al mismo tiempo, los jefes soviéticos veíanse obligados,
por la lógica de la situación, a deshacer ellos
mismos los nudos de la red que habían tejido. La democracia
oficial temía mortalmente a los jefes y oficiales, a quienes
toleraba y apoyaba. No podía dejar de someterlos a vigilancia,
aspirando, al mismo tiempo, a apoyar ésta en los soldados
y a hacerla en lo posible independiente de ellos. En la sesión
del 6 de marzo, el Comité ejecutivo reconoció la
conveniencia de nombrar comisarios cerca de todas las armas y
las instituciones militares. De este modo se creaba una triple
relación: las tropas elegían sus delegados en el
Soviet; el Comité ejecutivo destacaba sus comisarios cerca
de las tropas; finalmente, al frente de cada unidad militar había
un Comité electivo que venía a ser algo así
como una célula de base del Soviet.
Una de las misiones más importantes de los comisarios consistía
en vigilar el mando, a fin de percatarse de la confianza que pudiera
merecer desde el punto de vista político. «El régimen
democrático no tardó en superar en esto al autocrático»,
escribe Denikin, indignado, e inmediatamente se jacta de la habilidad
con que su Estado Mayor interceptaba y le transmitía a
él la correspondencia cifrada que sostenían los
comisarios con Petrogrado. Aquello de que se vigilase a los monárquicos
y a los esclavistas sublevaba, naturalmente, la conciencia. En
cambio, el robar la correspondencia de los comisarios con el gobierno
era muy plausible. Pero, cualquiera que sea el aspecto moral de
la cuestión, lo cierto es que las relaciones internas del
aparato dirigente del ejército aparecen con una meridiana
claridad: los dos, por lo visto, se temen mutuamente y se vigilan,
recelosos y hostiles. Lo único que les une es el miedo
común a los soldados. Los propios generales y almirantes,
fueran cuales fuesen sus planes y sus esperanzas para el futuro,
veían claramente que no había modo de renunciar
a la careta democrática. El reglamento de los comités
de escuadra fue redactado por Kolchak; éste confiaba en
poder estrangularlos el día de mañana, pero como
no era posible dar un paso sin los comités, interesaba
del Cuartel General que los sancionar. El general Markov, uno
de los futuros caudillos blancos, enviaba también al ministerio,
a principios de abril, un proyecto de nombramiento de comisarios
destinados a vigilar la lealtad del mando. He aquí cómo
las «leyes seculares del ejército», es decir,
las tradiciones del burocratismo militar, se rompían como
pajas al empuje de la revolución.
Los soldados enfocaban los comités desde el punto de vista
opuesto, congregándose en torno a ellos contra el mando,
y si bien los comités defendían a los jefes contra
los soldados, era sólo hasta cierto límite. La situación
del oficial a quien ponía el veto el Comité hacíase
insostenible. Así, fue engendrándose, por práctica
consuetudinaria, el derecho de los soldados a separar a sus jefes.
Según Denikin, hacia el mes de julio habían sido
eliminados en el frente occidental hasta sesenta jefes viejos,
desde el jefe de cuerpo al de regimiento. Análogas destituciones
llevábanse a cabo también dentro de los regimientos.
Entre tanto, el ministerio de Guerra, el Comité ejecutivo,
los organismos de enlace que perseguían como fin establecer
formas de relación «razonables» dentro del ejército,
elevar la autoridad del mando y reducir los comités de
tropa a un papel secundario, principalmente administrativo, estaban
empeñados en una menuda labor burocrática. Pero
mientras que los altos jefes intentaban en vano ahuyentar la sombra
de la revolución, los comités iban formando una
fuerte red centralizada, que se elevaba hasta el Comité
ejecutivo de Petrogrado y que consolidaba de un modo orgánico
su poder dentro del ejército. Sin embargo, el Comité
ejecutivo sólo se servía de él para mantener
uncido al ejército a la guerra por medio de los comisarios
y los comités. Los soldados veíanse en el trance,
cada vez más apremiante, de meditar cómo era posible
que los comités elegidos por ellos dijeran tan a menudo
no lo que ellos, los soldados, pensaban, sino lo que los jefes
querían.
Las trincheras envían a la capital un número cada
vez mayor de comisarios para orientarse y saber a qué atenerse.
Desde principios de abril, el contacto de la capital con el frente
no se interrumpe. No pasa día sin que en el palacio de
Táurida se presente una Comisión de soldados del
frente. Estos se devanan los sesos intentando descifrar los misterios
de la política del Comité ejecutivo, que no sabe
dar una sola respuesta clara a las preguntas que se le hacen.
El ejército asume trabajosamente la posición soviética
para convencerse de un modo muy claro de la inconsistencia que
impera en la dirección de los soviets.
Los liberales, que no se atreven a oponerse abiertamente al Soviet,
intentan luchar por la conquista del ejército. Es, naturalmente,
el chauvinismo el que, según ellos, ha de servirles de
lazo para atraérselo. El ministro kadete Chingarev, en
una de las conversaciones sostenidas con los delegados de las
trincheras, defendió el decreto de Guchkov contra la «excesiva
indulgencia» hacia los prisioneros; basándose en las
«ferocidades alemanas», las palabras del ministro no
encontraron buena acogida; lejos de ello, la reunión se
pronunció decididamente en favor de que se mejorara la
situación de los prisioneros. Y estos hombres eran los
mismos a quienes los liberales acusaban de salvajismo. Lo que
ocurría era que aquellos hombres grises del frente tenían
su criterio; reputaban perfectamente lícito tomar represalias
contra el oficial que injuriaba a los soldados, pero les parecía
indigno tomarlas contra un soldado alemán, indefenso por
las crueldades reales o supuestas de un Ludendorff. Las normas
eternas de la mortal no se habían hecho para aquellos campesinos,
toscos y piojosos.
Las tentativas de la burguesía para apoderarse del ejército determinaron una especie de pugilato entre los liberales y los conciliadores en el Congreso de los delegados del frente occidental, que tuvo lugar de los días 7 a 10 de abril. Aquel primer Congreso de las tropas del frente había de servir para someter al ejército a una prueba política decisiva, y ambas partes enviaron a Minsk a sus mejores fuerzas. Del Soviet fueron Tsereteli, Cheidse, Skobelev, Govzdiov; de la burguesía el propio Rodzianko, el kadete Rodichev y otros. En el teatro de Minsk, abarrotado de gente, reinaba una tensión apasionada, que se derramaba sobre toda la ciudad. Las comunicaciones de los delegados del frente ponían la realidad al descubierto. La confraternización corre como reguero de pólvora, los soldados van tomando la iniciativa con una audacia cada vez mayor, el mando no puede ni pensar en medidas represivas. ¿Qué podían decir allí los liberales? Puestos ante aquel auditorio caldeado, renunciaron inmediatamente a la idea de oponer sus consignas a las del Soviet y se limitaron a dar la nota patriótica en los discursos de salutación, no tardando en esfumarse completamente. El combate fue ganado sin lucha por los demócratas, los cuales no necesitaron conducir a las masas contra la burguesía, sino, por el contrario, contenerlas. En el Congreso dominó el grito de la paz, equivocadamente entretejido con el de la defensa de la revolución, a tono con el espíritu del manifiesto del 14 de marzo. La proposición del Soviet acerca de la guerra fue aprobada por 610 votos contra 8 y 46 abstenciones. La última esperanza de los liberales de alzar al frente contra el interior del país, al ejército contra el Soviet, se desvanecía por completo. Por su parte, los jefes demócratas regresaban del Congreso más asustados que satisfechos de su triunfo, pues habían visto los espíritus inflamados por la revolución y comprendían que eran impotentes para dominarlos.
Capítulo 15. Los bolcheviques y Lenin